Jul 272018
 

La noche todavía dormitaba cuando nos trasladamos en autobús hacia Artouste.

Al llegar, una extraña sensación se apoderó de nosotros. Parecíamos veraneantes a las puertas de un santuario. Acostumbrados a iniciar el camino nada más bajar del autobús, la espera y el deambular por los alrededores nos daban esa pátina de turistas.

Poco después un teleférico nos trasladó hasta el que se presenta como el tren más alto de Europa.

La experiencia en este tipo de aventuras siempre depende de las condiciones atmosféricas. Y en esta ocasión,  no fueron muy buenas. Las nubes nos impidieron apreciar el majestuoso paisaje que se supone nos íbamos a encontrar.

Pero  todo cambió en cuanto pusimos pie a tierra. Ese era nuestro territorio y las nubes comenzaron a huir hacia terrenos más alejados.

Después de una subida que se nos hizo escasa, comenzamos a bajar por terrenos pedregosos, salpicados de transparentes ibones y pequeños neveros. Un paisaje realmente atrayente, que sin embargo apenas pudimos apreciar.

El horario, enemigo acérrimo del disfrute, nos impelía a transitar con un ritmo impropio de nuestra edad y condición.

Llegamos a nuestro destino sobre el horario marcado, pero los paisajes pasaron por nuestra retina sin tiempo para fijarlos en la memoria.

Suerte que la fotografía está aquí para darle el merecido trato a una excursión para el recuerdo.

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