Ago 312017
 

 

 

 

La tenue luz que el desparecido sol irradiaba a través de las nubes, nos permitió ver las cumbres que nos iban a acoger esa mañana. El Peireguet era nuestro destino, pero no podíamos sustraernos al coloso Midi d’ Ossau que nos iba a provocar, a tener que mirarlo continuamente, ya que sus oscuros paredones nos acompañaron durante el trayecto hasta la cúspide del Peireguet.

La mañana traía un olor a lluvia tras la ligera brisa que nos acompañó, una armonía que se terminó fundiendo con las oscuras nubes en pequeños goterones. Pero los pronósticos  que últimamente nos asisten, auguraban poca lluvia. Apenas unas gotas, poco más que un rocío mañanero. Y no nos defraudaron.  La fina capa de lluvia se evaporó, como si hubiera sido un suspiro que los nubarrones nos hubieran regalado.

Nos bebimos la precipitación en la cumbre ávidos de agua y gozo y las caras de satisfacción surcaron los accesos hacia el destino final de nuestro viaje.

Tras dejar atrás las duras rocas de la bajada, el sendero se fue abriendo en explanada de fértil hierba.

Así el camino se hizo más llevadero, y nos permitió husmear el territorio en busca de fugaces flores y de huidizos animales. Una marmota nos estuvo contemplando a lo lejos, sin atreverse a saludar. Una familia numerosa de corzos rumiaba algo a lo lejos, pero no llegó con claridad a nuestros oídos. Para ver a la vaca pastar llegamos tarde, los buitres tan solo había dejado la piel y los huesos a la orilla de un ibón.

La ruta estaba concluyendo y el paraje todavía nos regaló un pequeño sendero regado de árboles que mitigó el sol que poco a poco se escapaba entre las nubes tormentosas.

Al filo de la tarde, y otra vez cumpliendo los pronósticos, la lluvia intensa e insistente, nos escoltó tras los cristales turbios del autobús hasta nuestro regreso a la morada.

 

 

Jesús Calvo Arbiol

 

 Posted by at 6:15 am