Ago 162017
 

Una tenue luz a lo lejos, tamizada por nieblas que se van evaporando, nos augura buen día para luchar contra las montañas que jalonan el paisaje.

En silencio y con los rostros serios, clavamos la mirada en dirección hacia la primera dificultad de la mañana. Pequeñas subidas y bajadas, y largos caminos de pendientes llevaderas nos acercan al promontorio donde clavaremos los bastones en señal de victoria. El Otxogorrigañe está vencido. Las huestes venidas desde la capital hemos hollado la cima sin el menor atisbo de problemas.

Después de reponer fuerzas con unas viandas y otear el horizonte en busca de acometer el mejor camino de la próxima cima, bajamos en armoniosa desbandada, siguiendo el instinto peculiar de cada uno.

Apenas sin sufrir bajas en la propia bajada, reagrupamos los efectivos y reanudamos la marcha en pos del nuevo reto.

Esta vez, las empinadas laderas presagiaban un esfuerzo mayor por nuestra parte. Pero los dioses están de nuestro lado, y en un lento pero determinado caminar, ayudados por bastones que clavábamos sin remordimiento sobre la hierba que brota de la pendiente,  nos acercamos hasta la cima. Todavía nos queda una pequeña dificultad. Un estrecho camino bordea la cresta hasta la cumbre y con una hilera de determinación terminamos venciendo a la montaña.

Bajamos henchidos de gozo y con la prudencia necesaria para reagruparnos de nuevo y marchar en pos de la nave que nos llevara de regreso al hogar.

Pero las sendas no están exentas de peligro. Y en la pedregosa y pronunciada pendiente, casi perdemos a dos de nuestros aguerridos senderistas.

La expedición ha terminado. En el recuento de bajas tan solo señalar al final, un leve corte, la recuperación de una pérdida y alguna magulladura en el profundo interior de la razón.

 

Jesús Calvo Arbiol

 

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