Ago 012017
 

 

 

Henchido de sensaciones, hemos llegado al final del trayecto.  Lescún estaba esperando para hacer los honores y en sus cercanías nos hemos repuesto físicamente antes de emprender el camino de vuelta a la rutina diaria.

Nos llevamos demasiadas cosas en la retina para asimilarlas en poco tiempo. Es la pena de nuestro cuerpo, de nuestra memoria, frágil y voluble, capaz de encontrar caminos no transitados, cumbres no holladas, situaciones no vividas, sino transmitidas por otros con labia embaucadora.

Hoy la vista nos ha deparado tal cantidad de parajes, que nos han dejado huérfanos de palabras para describir con meridiana nitidez todo lo que  a nuestro alrededor iba surgiendo.

Míticas cimas al fondo, relajantes caminos bajo nuestros pies, pequeñas montañas que cuando uno se aleja toman un tamaño deslumbrante.

Y al girar de unas piedras que elevan su figura hacia la nada, la nada, el todo, la inmensidad hecha paisaje. El valle que te espera para, a derecha e izquierda,  ofrecerte sus montañas de grises y verdes, alfombradas en las laderas de coloridas florecillas.

Y cuando ya piensas que todo será así, el bosque te ofrece el fresco verdor de su sombra, su camino transitable, su serena quietud.

Pero la quietud del bosque también termina, y surgen de nuevo, inesperadamente,  diferentes horizontes, peñascos adornados de frescura, envueltos en pequeños nebulosas, brumas aterciopeladas huyendo suavemente hacia destinos inabarcables, ligeras nieblas que dan al contorno, una expresión de cuento.

Y el cuento se va acabando, solo nos queda la fragancia del camino en nuestras botas, los valles hallados en la memoria reciente y para recordar de verdad que estuvimos, la fotografía que enseñaremos a nuestros nietos en tardes de tormenta, recostados en el sofá y con un hilillo de nostalgia en nuestros ojos.

Jesús Calvo Arbiol

 

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