Jul 242017
 

La selva del Irati nos recibió primero con suaves nieblas que refrescaban el camino, para imbuirnos de su magia, para adornar los árboles, hacer más transitables los caminos en el caluroso verano, y que penetráramos en sus fauces. Y penetramos. Fuimos bosque armónico, enjambre de pies danzantes sobre la densa bruma, acuosos ojos sin visión lejana donde posar la mirada.

Fuimos presas perdidas en busca de horizontes de grandeza, pero la grandeza se escabulló entre rocas cercanas, helechos fugaces y un cielo que se adivinaba,  entre el gris monótono que fluía de entre las ramas, más allá de las hojas que se adivinaban verdes.

Apenas trinaban los pájaros, ni siquiera el sonido de las hojas al pisar pasaba a nuestros oídos, tan solo una calma densa, un vapor de agua que perlaba el pelo adornando las cabezas, las barbas, y la ropa.

Desde la cumbre del Okabe, otros días se divisan bosques espectaculares, míticos montes como el Ohry,  rebaños de ovejas pastando.  Pero no pudimos albergar en nuestros sentidos nada de todo eso. La densa niebla pobló de opaca claridad los alrededores y nos acompañó como un lamento íntimo hasta nuestro regreso.

Solo queda pensar que la vida nos dará otra oportunidad de contemplar en todo su esplendor ese bosque del Irati, esa cumbre del Okabe, esos paisajes escamoteados por la niebla.

 

Jesús Calvo Arbiol

 

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