Esa es la sensación que tuve al pasear por las calles de Sitges.
Hace ya días que la primavera entó en nuestras vidas, apartando al oscuro invierno.
Pero a pesar que el sabe que volverá a golpear pasadas unas estaciones, se resiste a desaparecer del todo y persiste en su empeño de cubrir todo con mantos de nieve y oscuridad.
Y ahí anda, peleando con la primavera por quien debe quedarse.
Si no se va a tiempo, vendrá un sol de justicia que pondrá las cosas en su sitio.
Y para cunado queramos darnos cuenta, el verano gobernará entre nosotros.
Eso si, por poco tiempo.
la historia siempre es la misma.
Muerte por nostalgia de la tierra
que no has de ver mas.
Amor que promete elevar
un icono a los altares.
Y en el albor de los tiempos
la magia de los recuerdos
encontrados bajo sepulcros
de reyes, monjes y poderosos
surge el encanto del amor
oculto tras las piedras.
Y en un bucólico paraje
del antiguo reino de Castilla
a la estela de un paisano
reverdece de nuevo el amor
en forma de ermita…
a San Olav.

En los invisibles rincones de los atrios,
sostenidas por pilares de conocimiento
y a través de espectaculares bóvedas
que atrapan y subyugan el espíritu,
se encuentran diseminadas y sin brillo
las rojas lagrimas que el tiempo
y la cultura han convertido en arte.
Sus nombres, sus vidas, sus sueños,
han sido el tributo carnal
que los chamanes de la ignorancia
han arrojado al fuego divino
para la salvación de los espíritus,
de sus espíritus.
En el nombre del Padre,
los altivos ídolos de piedra
se alzan todavía magnánimos,
y su sombra nos alcanza
como cúpulas puntiagudas
penetrando agriamente
en la razón.
©Jesús Calvo